él.

cuando lo pensaba no veía cara, ni escuchaba voz. a veces le atribuía, para pensarlo en imagen verosímil, una cara sonriente de otro niño que vi una vez, cuyo nombre no sabía. pero la cara de él no era esa, no era suya esa cara, ni la sonrisa. es más, cuando lo pensaba, nunca lo sentía sonreír, ni me lo imaginaba querer hacerlo.

entre las flores del jardín, o los hojas del limón o del naranjo, lo sentía cerca. él me acompañaba hasta donde subía y me escondía, pasando horas allá arriba. a mi se me hacía más difícil subir y bajar que a él, yo creía. él nunca se quejaba, y aunque serio, nunca me sentía yo inquieto o preocupado por él o con él. existía, estaba, y ya.

una vez nomás lo escuché decir algo, pero fue tan rápido y tan de paso que no pude captar bien su voz. incluso, lo hizo tan así que pensé que ni voz tenía, y el paso del tiempo me convencía más y más de eso. lo que dijo fue lo único que supe de él: su nombre. y yo a esa edad no necesitaba nada más para considerarlo amigo mío. su nombre era uno solo, sin comienzo ni fin, sin apellido ni principio, todo junto: Ortega Raúl. así todo junto. en ese orden.

él era así. no era como los demás. era sin comienzos, ni formalidades. no era como ellos, con sus nombres comunes, cristianos y bien ordenaditos. él era sin orden.

cuando lo pensaba a él viendo el sol del verano caer a paso lento, yo sentía que ya su mamá o su abuelita le había echado un grito para que se fuera a comer a su casa, pero yo nunca supe donde vivía, ni me interesaba saberlo, porque él siempre venía a conmigo. tampoco supe si de hecho tenía mamá o papá o abuelita o abuelito para gritarle como a mí me gritaban los míos. cuando mi tita me gritaba desde la cocina, yo me bajaba del árbol con cuidado y él ya se había lanzado hasta el suelo como si nada. yo me sacudía el polvo de la ropa y me despedía de Ortega Raúl sin decir nada. sabía que mañana lo iba ver -pensar- otra vez (hasta esa vez que en fin ya no lo vi), y que volveríamos a subirnos al árbol, tal vez al toronjo, y existiríamos así juntos sin decirnos nada y sin vernos, sólo pensarnos imaginados, así con las caras sonrientes de otros niños sin nombre que una vez vimos pasar, los que sí lo sabían hacer, los que sí sabían sonreírse y existir felices con otros niños, con los demás.

me lavaba las manos con jabón y agua calientita como me lo ordenaba mi tita, me sentaba en la silla de madera pegada a la pared, y, sin decir nada, comía.

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~ by whatis1997 on March 2, 2016.

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