él.

•March 2, 2016 • Leave a Comment

cuando lo pensaba no veía cara, ni escuchaba voz. a veces le atribuía, para pensarlo en imagen verosímil, una cara sonriente de otro niño que vi una vez, cuyo nombre no sabía. pero la cara de él no era esa, no era suya esa cara, ni la sonrisa. es más, cuando lo pensaba, nunca lo sentía sonreír, ni me lo imaginaba querer hacerlo.

entre las flores del jardín, o los hojas del limón o del naranjo, lo sentía cerca. él me acompañaba hasta donde subía y me escondía, pasando horas allá arriba. a mi se me hacía más difícil subir y bajar que a él, yo creía. él nunca se quejaba, y aunque serio, nunca me sentía yo inquieto o preocupado por él o con él. existía, estaba, y ya.

una vez nomás lo escuché decir algo, pero fue tan rápido y tan de paso que no pude captar bien su voz. incluso, lo hizo tan así que pensé que ni voz tenía, y el paso del tiempo me convencía más y más de eso. lo que dijo fue lo único que supe de él: su nombre. y yo a esa edad no necesitaba nada más para considerarlo amigo mío. su nombre era uno solo, sin comienzo ni fin, sin apellido ni principio, todo junto: Ortega Raúl. así todo junto. en ese orden.

él era así. no era como los demás. era sin comienzos, ni formalidades. no era como ellos, con sus nombres comunes, cristianos y bien ordenaditos. él era sin orden.

cuando lo pensaba a él viendo el sol del verano caer a paso lento, yo sentía que ya su mamá o su abuelita le había echado un grito para que se fuera a comer a su casa, pero yo nunca supe donde vivía, ni me interesaba saberlo, porque él siempre venía a conmigo. tampoco supe si de hecho tenía mamá o papá o abuelita o abuelito para gritarle como a mí me gritaban los míos. cuando mi tita me gritaba desde la cocina, yo me bajaba del árbol con cuidado y él ya se había lanzado hasta el suelo como si nada. yo me sacudía el polvo de la ropa y me despedía de Ortega Raúl sin decir nada. sabía que mañana lo iba ver -pensar- otra vez (hasta esa vez que en fin ya no lo vi), y que volveríamos a subirnos al árbol, tal vez al toronjo, y existiríamos así juntos sin decirnos nada y sin vernos, sólo pensarnos imaginados, así con las caras sonrientes de otros niños sin nombre que una vez vimos pasar, los que sí lo sabían hacer, los que sí sabían sonreírse y existir felices con otros niños, con los demás.

me lavaba las manos con jabón y agua calientita como me lo ordenaba mi tita, me sentaba en la silla de madera pegada a la pared, y, sin decir nada, comía.

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quisiese

•February 6, 2016 • Leave a Comment

quisiese
envolverte en un
globo de seda
transparente
pa’ que nadie te
quisiese
pero sé
que
no puedo.

quisiese
seducirte
bailando tecnos
tramposos
pero
los pasos
de baile
no me salen.

quisiese
poderte
besar
usando tu
imaginación
para quitarme las
dudas
de encima
pero igual;

quisiese
estarte
buscando
en los espacios
más cercanos
y un día
encontrarme
contento
pero sé
que no puedo.

pásame la receta

•January 22, 2016 • Leave a Comment

es tormenta
lo que me deja desvelado
pensando en ti
sin que pienses
en mí
porque lo que tuvimos
tu y yo
murió violentamente
y no sé por qué
los fantasmas
de lo que una vez fué vida
me siguen espantando.

no lo he podido velar
así como se debe
decirle adiós
a lo que fué
así sin rencores
sin cuentas pendientes
que nunca se cobrarán
así con las últimas palabras
que se pronunciarán
una sola vez
sin segunda oportunidad
así de una vez por todas
sin pensarlo
de un tirón
para que ya
así
quizás acostándome
cansado
en mi camita
ya no me mantendrán con los ojos pelados
las dudas
los hubieras que quisiera que existieran
las sospechas de con quién andarás
de a quién le mostrarás
tu cuerpo desnudo
mientras le hagas el amor
como algún día
lo hicimos
tu y yo
de a quién le dirás
cosas al oído
como los fantasmas
que a mi me dicen
que si la tortura
del no saber
vale la pena
cada noche
de a quién miras
con tus ojos
a quién saboreas en secreto
o en público
y si tal vez
ellxs te desean
igual
y yo
deseando que
no
deseando que
te la pases mal y
que nadie te quiera
ya que yo
no supe hacerlo
que quizás
mi turno
un día retornará
en un frío invierno
cuando te encuentres
por un segundo
o dos
extrañando la manera
en que dormías
en mi pecho
sólo por un
segundo
antes de que volvieras
a la razón
y me volvieras
a aborrecer
y que te diera asco
en ese instante
me clavaría congelado
en el tiempo
que parece pasarme
alrededor
sin afectarme
con sus disque propiedades medicinales y curativas
ya que estas heridas
me dijeron un día
que con la marcha del tiempo
se irían
pero mira nomás que aquí
seguimos
yo
y mis heridas abiertas
así expuestas al clima
a la mugre
y las bacterias emocionales
que me han cubierto
mientras me escondo
de mi ser
extrañando el dolor
que
tu y yo
creábamos
mis heridas
sin cicatrizar
y yo
aún deseando
que todo esto
desapareciera
para que pueda ya dormir
porque ya es tarde
y tarde
o temprano
pienso
que puedo
superarte
creo que si
nomás no sé cómo
creo que
te pediré
la receta.

las cinco

•January 19, 2016 • Leave a Comment

A las cinco de la tarde en punto la oficina del correo se convirtió en una isla fuera del tiempo y del espacio. La puerta principal se cerró con llave, ya que el letrero pintado de afuera que anunciaba las horas de operación claramente dictaba 8:30 a.m. – 5:00 p.m. Los diecinueve clientes que se quedaron dentro fueron sujetos a una nueva ley sin leyes. Todas las costumbres y actos cotidianos desaparecieron y dieron fruto a algo irreconocible. La cola empezó a rugir solemnemente y el espacio previamente callado y pasivo empezó a oirse mas y mas. Inquietos, con calor y nervios, lxs clientes paradxs detrás de la ventana antibalas buscaron sobrepasar la cola, sabiendo muy bien que tendrían que adelantarse, atropellarse, a los demás, a los que habían llegado antes, o después, una especie de ourobouros postal. Las éticas de las colas pronto se convirtieron en la ética de la violencia. Se empezaron a echar mentiras. Por ejemplo, un muchacho joven que quedó como tercero en la cola escuchó al encargado de la oficina decir que no se entregarían paquetes sin identificación; decidió reportarle a los que se encontraban más atrás en la cola que simplemente no se entregarían paquetes. Mochó las palabras <<sin identificación>> sin vergüenza. Intentó despistar a lxs que llegaron para recibir paquetes pero su maña no le salió. Una muchacha, que se encontró penúltima en la cola (había llegado a las 4:57) y que no paraba de quejarse, reinterpretó el anuncio a su modo, y lo tomó como invitación para brincarse la cola e irse al frente. Este acto audaz no se llevó a cabo sin protestas. Lxs de la cola debatieron intervenir, pero decidieron que no valía la pena pelearse, por que ¿qué tal si andaba armada?, ¿qué tal si les pasaba como a muchos en la tele que morían balaceados con armas largas sin razón alguna? Era mucho riesgo, y ya cuando llegaron a un acuerdo lxs de la cola, el encargado ya le había entregado su paquete. Llegaban otrxs de afuera queriendo entrar, y trataban de meterse cuando un cliente ya satisfecho, o no, salía de la puerta. Para resolver este problemita, uno de la cola se apuntó a ponerse en frente de la puerta, para que cuando algún fuereñx llegara queriendo entrar, podría apuntar con su dedo índice al letrero pintado de afuera que claramente anunciaba las horas de operación 8:30 a.m. – 5:00 p.m. Enfocaría la energía del dedo a donde decía <<5>> y diría que la oficina se encontraba cerrada. Así es como se delinearon claramente los espacios fuera y dentro de la oficina del correo. La cola pertenecía adentro, y los que no eran cola, pues no pertenecían. Lxs de la cola se sentían tan dentrerxs que nunca, atrapadxs a un sistema coherente que se regía por sus propias leyes, que ningún fuereñx podría entender. La cola se movía a un ritmo que duraba años y el olor de la oficina se mezclaba fácil con las luces fluorescentes que pintaban verdes y amarillas las paredes. Pensé en que moriría dentro de la cola con la playera que tenía puesta, una playera negra con puntos infinitos de color, y unos tenis grises que había comprado en una tienda común. En ese pensamiento soñé meterme en un sobre amarillo con estampilla y con tu dirección, para que quizás dentro de dos a cuatro semanas me abrieras y encontraras allí mi corazón latiente y mojado, pero escuché al encargado gritar <<sigiuente>> y ví que me tocaba a mí. La cola se disminuyó. Recibí mi paquete, me fuí a la puerta, y salí.

cuando desperté

•November 21, 2015 • Leave a Comment

cuando desperté la vi caminando hacia un campo de pasto verde, rociado con flores diminutas y lodo seco.

ella iba dirigiéndome con señas y me acordé que la iba siguiendo. encontró un lugar y se quitó la ropa. se arrodilló en un espacio húmedo del lodo, y se puso a gatas.

allí y así me dieron ganas de hacerle el amor como lo habíamos hecho siete años antes, pero supe que el momento no daba para eso y había cosas más importantes. le empecé a sobar la espalda, le acariciaba los músculos y los huesos cubiertos en su piel color mestiza. noté que el pelo lo tenía cortito, la cabeza casi a rapa. cuando la conocí hace años nunca imaginé que los tiempos y los espacios nos iban a unir en lugares lejanos.

empezó a gemir silenciosamente, mientras la agasajaba, y a mi me excitaba mucho la idea de repetir lo de hace siete años, cuando aún tenía el pelo largo, cuando sus chinos estirados caían lentamente sobre mi cara mientras me montaba mirándome a la cara, haciéndome venir en húmedos jugos corporales, pero luego me di cuenta de la razón por el masaje: mientras más la sobaba y la hacía sentir placer, empezaban a aparecer en su espalda diseños formados por líneas y puntos.

primero azules, y luego otros rojos; al fin se diferenciaban varios dibujos de varias medidas, etiquetadas con números del 0 al 9 y con letras de la a a la g, distinguiendo claramente las distintas figuras que al seguir sobándola asemejeban tatuajes fluorescentes.

al parecer, estábamos solxs en el campo, aunque de no se donde se oían voces y risas que no entendía ni reconocía, y supe que lo que ocurría en frente de mí lo tendría que guardar en secreto. en medio de la confusión las imágenes al fin las supe percibir. eran planes estructurales, bosquejos descriptivos de diversas armas de guerra.

estudiándolas, las grabé mentalmente en pilas conectadas al cerebro, donde igual guardaba las memorias de esa mañana cuando despertamos juntos abrazados y nos empezamos a besar. hicimos el amor una vez más, esta vez a gatas como quise cuando desperté detrás de ella siete años después.

unidos en carne y hueso sentimos (supe que ella también sintió porque me lo dijo) una energía eléctrica pasar del cuerpo mío al suyo y viceversa con cada penetración. esa mañana me fui de su casa y ya nunca nada fue igual.

no nos volvimos a ver hasta pasar siete años largos llenos de luchas antiguas que pasaban de los cientos de años. los tiempos de guerra y del amor nos volvierían a juntar en escenas de dolor, sangre, olores extraños, y acostadxs en brazos desconocidos.

fila cinco.

•October 22, 2015 • Leave a Comment

de repente todas las personas en el salón de seguridad se me hicieron conocidxs.

al muchacho de azul esculcando una valija de cuero yo le había dado una mordida en la espalda cuando éramos niños.

 empezó a llorarle a su mamá y me fuí regañado.
la señora de la blusa floreada atrás de mi en la fila cinco me había vendido una cajetilla de cigarros y un paquete de chicles de menta una noche oscura hace como siete meses, cuando aún lloraba tu recuerdo y mi cabello estaba sin pintar.
cada cara se convertía en un recuerdo suprimido que se descubría como falda levantada, como una linterna de aceite en caverna húmeda.
la oscuridad de la duda se iluminaba y la mente se rellenaba de detalles ordinarios de fechas, tiempos, palabras, olvidos, texturas, olores, rencores y disculpas, mutiladas y recompuestas una y otra vez.
pensé en la larga fila que me esperaba adelante y en la muchacha de al lado cargando una bolsa de plástico llena de quién sabe qué cosa, cuyas miradas me habían enamorado hace años cuando aún no sabía ni cómo decir la palabra <<tú>> ni mucho menos como sugerirte que te quería tanto tanto tanto y que tu mamá (parada a un lado tuyo con un muy mal humor) sería mi suegra, ni que tendríamos hijxs antes de pasar a la siguiente fila que nos esperaba después de la siguiente y que todo eso sería un cuento escrito veinticinco años después sentado en un asiento incómodo, acordándome de lo que me dijiste ese día que me fuí sin despedirme.
aún me quedaron lágrimas para cantarte a pie de la luna llena de deseos y de pánico, que volveríamos a vernos, y, así como llegaste, te fuiste, otra vez, a la siguiente fila.

goldfish.

•December 24, 2014 • Leave a Comment

soy de pequeña estatura. lo he sido por toda mi vida; desde pequeño fuí pequeño.

la razón por la cual hasta hoy no supero los cinco pies y cinco pulgadas de estatura es porque crecí en una casa pequeña. si, así como los peces goldfish, mi hogar diminuto me provocó un desarrollo físico similar.

mi hermana y yo dormíamos en la sala de una casita de color rosa en una avenida llamada <<naranja>>. Orange Avenue, número 508. la casa fué construida como guesthouse, o casa para invitados, pegada a una cochera de dos autos. estaba situada directamente atrás de la casa de mis abuelos maternos.

la casita poseía una pequeña habitación, la de mis padres, cuyo espacio se rellenaba casi al completo con su cama full. la sala un sofá, y una cómoda con una tele de 20 pulgadas sentada arriba. mi hermana dormía en el sofá, y yo en el suelo alfrombrado. en las noches más soñolientas de mi infancia, amanecía acurrucado sin cobijas en el piso de linóleo frio del comedorcito, que se mezclaba con la cocina fácilmente. un angosto zaguán dividía la casa por mitad. a un lado la habitación y la sala, al otro la cocina, el comedor y el baño.

como familia de cuatro teníamos todo lo que necesitábamos, pero el azar necesitaba, en una casa tan estrecha, que me quedara chaparro.